AQUÍ ESTA LA LISTA POR ORDEN DE LOS QUE CANTAN EN CAPEA A DIOS ALL STARS
1-RUBINSKY
2-LORS(APOSENTO ALTO)
3-BLESS1(NACION SANTA)
4-PROPIEDAD DE DIOS
5-SPECIAL E(DA MINISTRY)
6-ARIEL KELLY
7-PHILIP(APOSENTO ALTO)
8-VILLANOVA(VOLUMEN3)
9-JJO (DA MINISTRY)
...SI TE GUSTA AQUI ESTA EL LINK:
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jueves, 27 de mayo de 2010
jueves, 13 de mayo de 2010
chistes
Chiste - la fea
Era una muchacha tan, pero tan fea que no había forma de conseguir un novio.Entonces decide pedir ayuda a una vidente, quien ledice: Hija mía, en esta vida realmente no tendrás mucha suerte con el amor.Sin embargo, en la próxima vida la belleza física vendrá contigo y loshombres caerán vencidos a tus pies por "docenas".La muchacha salió de allí bien contenta, pensando en su futuro.Mientras caminaba vió un puente en la autopista y se le ocurriótirarse al vacío.Mientras más pronto acabara con su vida, más pronto comenzaría la próxima.Cerró los ojos y se lanzó del puente, con tan mala suerte que cayóarriba de un camión de plátanos que pasaba por debajo y el golpe ladesmayó.Al rato despierta atontada, aún sin abrir los ojos y creyendo queestaba en la otra vida.Empezó a tocar y sólo palpó plátanos por todos lados; con una sonrisaen los labios exclamó:Calma, calma, muchachos... ¡DE UNO EN UNO!!....
Era una muchacha tan, pero tan fea que no había forma de conseguir un novio.Entonces decide pedir ayuda a una vidente, quien ledice: Hija mía, en esta vida realmente no tendrás mucha suerte con el amor.Sin embargo, en la próxima vida la belleza física vendrá contigo y loshombres caerán vencidos a tus pies por "docenas".La muchacha salió de allí bien contenta, pensando en su futuro.Mientras caminaba vió un puente en la autopista y se le ocurriótirarse al vacío.Mientras más pronto acabara con su vida, más pronto comenzaría la próxima.Cerró los ojos y se lanzó del puente, con tan mala suerte que cayóarriba de un camión de plátanos que pasaba por debajo y el golpe ladesmayó.Al rato despierta atontada, aún sin abrir los ojos y creyendo queestaba en la otra vida.Empezó a tocar y sólo palpó plátanos por todos lados; con una sonrisaen los labios exclamó:Calma, calma, muchachos... ¡DE UNO EN UNO!!....
DE PROFESORES.
Le dice el profesor a Juanito: A ver Juanito, ¿qué te pasa si te corto una oreja? Y le dice Juanito: Me quedo sordo. Y, ¿qué pasa si te corto la otra oreja? Me quedo ciego. Y el profesor asustado le dice a Juanito: ¿Por qué? Y contesta Juanito: Porque se me caerían los lentes.
La profesora dice: Pablito venía para la escuela, pisó una cáscara de banano y se cayó y se quebró una pierna. ¿Qué hay que aprender de esto Juanito? ¡Que no hay que venir a la escuela!
La profesora en el colegio dice: A ver, tú Antonio, dime 3 partes del cuerpo humano que empiecen por la letra c, y dice el niño: Cabeza, corazón y cuello. La profesora dice: Muy bien Antonio. Luego dice: Tú Joselito, dime 3 partes del cuerpo humano que empiecen por la letra p, y el niño dice: Pues, pierna, páncreas y pulmón. Entonces la profesora dice: Veamos tú Juanito dime 3 partes del cuerpo humano que empiecen por la letra z y dice el niño: ¿Por la letra z?, ahora mismo se lo digo: Las zejas, los zojos y las zuñas.
¿Por qué a los abogados se les entierra seis metros bajo tierra cuando a las demás personas se le entierra a solo tres?
Porque muy en el fondo son buenos.
¿Qué le dice un buitre a un abogado? Quién como tú, que te los comes vivos.
En un juicio por el robo de un coche, el juez al acusado: Por falta de pruebas, el acusado es declarado inocente y se retiran los cargos.
-Perdone señoría, dice el acusado -¿Significa eso que me puedo quedar con el coche?
Dos ladrones estaban charlando mientras se tomaban una cerveza.
-¿Sacaste algo de tu último robo?
-No, el tipo que vivía en la casa era un abogado.
-Vaya suerte amigo, ¿Perdiste algo?
Mandamientos del que no hace nada:
1. Se nace cansado y se vive para descansar.
2. Ama a tu cama como a ti mismo.
3. Descansa de ida y para que puedas dormir de noche.
4. Si ves que alguien descansa, ¡Ayúdalo!
5. El trabajo es cansancio.
6. No hagas hoy lo que puedas hacer mañana.
7. Haz lo menos que puedas y deja que lo hagan otros.
8. De mucho descansar nadie se murió.
9. Si quieres trabajar, siéntate, y espera a que se te pase ese mal deseo.
10. Si el trabajo es salud, ¡Viva la enfermedad!
11. El trabajo es sagrado, no lo toques.
12. Nunca nadie ha muerto por descansar demasiado.
Cuentos De Terror.
el cuento que mas me gusta porque este cuento en rialidad no es un cuento ( esto paso de verdad ).En mi barrio.RD,santo domingo este,los frailes I.
La reina de las Americas.
Todo comienza en la Republica Dominicana, donde hace ya unos años se reporta la muerte de Natalia Coss, una bella joven, ex-reina de belleza local, a la cual se le conocia popularmente como "la reina del pueblo". Natalia tenia todo lo que cualquier chica podia desear: era bella, vivia bien, y esta comprometida con un jobven y apuesto musico. Luego de una realcion de varios años con este musico, decidieron contraer nupcias, luego del festejo, Natalia y su ahora esposo, viajaban por la autopista de Las Americas, en Republica Dominicana, en direccion al aeropuerto internacional, donde tomarian un avion que los llevaria a su luna de miel. Era una noche un poco lluviosa, y la autopista se encontraba mojada, de repente un auto se atraveso y el joven musico perdio el control del automovil, estrellandose contra uno de los muros de contencion, siendo el fin de la joven pareja, de la cual solo se recupero el cuerpo de la joven, por pedazos.Un mes despues del accidente, empezaron a reportarse testimonios de personas diciendo que cuando llovia, se veia a una joven vestida de novia vagar por la autopista. Varios hombres asuguraron haberla visto, pero no habia pruebas, por lo que el caso se cerro. Semanas despues, un taxista pasaba por la autopista en una noche lluviosa, y vio a la joven a una orilla de la carretera, se detuvo y, luego de hablar con ella, decidio llevarla a su casa. Durante el camino, el taxista y Natalia hablaron de varias cosas, al llegar a la cosa de la joven, estaba lloviendo muy fuerte, por lo que el taxista le facilito un abrigo a la vez que le decia "No te preocupes, vendre mañana por el", despues la joven bajo del auto y entro a la casa. Al dia siguiente, el taxista fue a la casa de la joven a buscar su abrigo, al llegar, llamo a la puerta, abriendo una señora mayor. El taxista pregunto por Natalia, pero la mujer le dijo que ella habia muerto unos meses atras. El taxista incredulo le conto lo que habia pasado la noche anterior; la mujer volvio a explicarle que su hija habia muerto, y que si no lo creia, que fuera al cementerio donde se encontraba la tumba de la joven. El taxista decidio ir con la señora a comprobar lo que esta decia. Al llegar al cementerio, la madre de la difunta joven lo guio hasta la tumba de su hija, encontrando sobre ella el abrigo del hombre doblado, con una nota que decia: "Gracias, me fue muy util".Despues de esto, han realizado multiples investigaciones, pero aun nadie sabe con exactitud que busca la joven reina, tal vez un tiempo mas sobre la Tierra, tal vez a la persona que atraveso su auto esa fatidica noche, o tal vez el cuerpo de su amado.....
UN PACTO CON EL DIABLO.
Aunque me di prisa y llegué al cine corriendo, la película había comenzado. En el salón oscuro traté de encontrar un sitio. Quedé junto a un hombre de aspecto distinguido.
-Perdone usted -le dije-, ¿no podría contarme brevemente lo que ha ocurrido en la pantalla?
-Sí. Daniel Brown, a quien ve usted allí, ha hecho un pacto con el diablo.
-Gracias. Ahora quiero saber las condiciones del pacto: ¿podría explicármelas?
-Con mucho gusto. El diablo se compromete a proporcionar la riqueza a Daniel Brown durante siete años. Naturalmente, a cambio de su alma.
-¿Siete nomás?
-El contrato puede renovarse. No hace mucho, Daniel Brown lo firmó con un poco de sangre.
Yo podía completar con estos datos el argumento de la película. Eran suficientes, pero quise saber algo más. El complaciente desconocido parecía ser hombre de criterio. En tanto que Daniel Brown se embolsaba una buena cantidad de monedas de oro, pregunté:
-En su concepto, ¿quién de los dos se ha comprometido más?
-El diablo.
-¿Cómo es eso? -repliqué sorprendido.
-El alma de Daniel Brown, créame usted, no valía gran cosa en el momento en que la cedió.
-Entonces el diablo...
-Va a salir muy perjudicado en el negocio, porque Daniel se manifiesta muy deseoso de dinero, mírelo usted.
Efectivamente, Brown gastaba el dinero a puñados. Su alma de campesino se desquiciaba. Con ojos de reproche, mi vecino añadió:
-Ya llegarás al séptimo año, ya.
Tuve un estremecimiento. Daniel Brown me inspiraba simpatía. No pude menos de preguntar:
-Usted, perdóneme, ¿no se ha encontrado pobre alguna vez?
El perfil de mi vecino, esfumado en la oscuridad, sonrió débilmente. Apartó los ojos de la pantalla donde ya Daniel Brown comenzaba a sentir remordimientos y dijo sin mirarme:
-Ignoro en qué consiste la pobreza, ¿sabe usted?
-Siendo así...
-En cambio, sé muy bien lo que puede hacerse en siete años de riqueza.
Hice un esfuerzo para comprender lo que serían esos años, y vi la imagen de Paulina, sonriente, con un traje nuevo y rodeada de cosas hermosas. Esta imagen dio origen a otros pensamientos:
-Usted acaba de decirme que el alma de Daniel Brown no valía nada: ¿cómo, pues, el diablo le ha dado tanto?
-El alma de ese pobre muchacho puede mejorar, los remordimientos pueden hacerla crecer -contestó filosóficamente mi vecino, agregando luego con malicia-: entonces el diablo no habrá perdido su tiempo.
-¿Y si Daniel se arrepiente?...
Mi interlocutor pareció disgustado por la piedad que yo manifestaba. Hizo un movimiento como para hablar, pero solamente salió de su boca un pequeño sonido gutural. Yo insistí:
-Porque Daniel Brown podría arrepentirse, y entonces...
-No sería la primera vez que al diablo le salieran mal estas cosas. Algunos se le han ido ya de las manos a pesar del contrato.
-Realmente es muy poco honrado -dije, sin darme cuenta.
-¿Qué dice usted?
-Si el diablo cumple, con mayor razón debe el hombre cumplir -añadí como para explicarme.
-Por ejemplo... -y mi vecino hizo una pausa llena de interés.
-Aquí está Daniel Brown -contesté-. Adora a su mujer. Mire usted la casa que le compró. Por amor ha dado su alma y debe cumplir.
A mi compañero le desconcertaron mucho estas razones.
-Perdóneme -dijo-, hace un instante usted estaba de parte de Daniel.
-Y sigo de su parte. Pero debe cumplir.
-Usted, ¿cumpliría?
No pude responder. En la pantalla, Daniel Brown se hallaba sombrío. La opulencia no bastaba para hacerle olvidar su vida sencilla de campesino. Su casa era grande y lujosa, pero extrañamente triste. A su mujer le sentaban mal las galas y las alhajas. ¡Parecía tan cambiada!
Los años transcurrían veloces y las monedas saltaban rápidas de las manos de Daniel, como antaño la semilla. Pero tras él, en lugar de plantas, crecían tristezas, remordimientos.
Hice un esfuerzo y dije:
-Daniel debe cumplir. Yo también cumpliría. Nada existe peor que la pobreza. Se ha sacrificado por su mujer, lo demás no importa.
-Dice usted bien. Usted comprende porque también tiene mujer, ¿no es cierto?
-Daría cualquier cosa porque nada le faltase a Paulina.
-¿Su alma?
Hablábamos en voz baja. Sin embargo, las personas que nos rodeaban parecían molestas. Varias veces nos habían pedido que calláramos. Mi amigo, que parecía vivamente interesado en la conversación, me dijo:
-¿No quiere usted que salgamos a uno de los pasillos? Podremos ver más tarde la película.
No pude rehusar y salimos. Miré por última vez a la pantalla: Daniel Brown confesaba llorando a su mujer el pacto que había hecho con el diablo.
Yo seguía pensando en Paulina, en la desesperante estrechez en que vivíamos, en la pobreza que ella soportaba dulcemente y que me hacía sufrir mucho más. Decididamente, no comprendía yo a Daniel Brown, que lloraba con los bolsillos repletos.
-Usted, ¿es pobre?
Habíamos atravesado el salón y entrábamos en un angosto pasillo, oscuro y con un leve olor de humedad. Al trasponer la cortina gastada, mi acompañante volvió a preguntarme:
-Usted, ¿es muy pobre?
-En este día -le contesté-, las entradas al cine cuestan más baratas que de ordinario y, sin embargo, si supiera usted qué lucha para decidirme a gastar ese dinero. Paulina se ha empeñado en que viniera; precisamente por discutir con ella llegué tarde al cine.
-Entonces, un hombre que resuelve sus problemas tal como lo hizo Daniel, ¿qué concepto le merece?
-Es cosa de pensarlo. Mis asuntos marchan muy mal. Las personas ya no se cuidan de vestirse. Van de cualquier modo. Reparan sus trajes, los limpian, los arreglan una y otra vez. Paulina misma sabe entenderse muy bien. Hace combinaciones y añadidos, se improvisa trajes; lo cierto es que desde hace mucho tiempo no tiene un vestido nuevo.
-Le prometo hacerme su cliente -dijo mi interlocutor, compadecido-; en esta semana le encargaré un par de trajes.
-Gracias. Tenía razón Paulina al pedirme que viniera al cine; cuando sepa esto va a ponerse contenta.
-Podría hacer algo más por usted -añadió el nuevo cliente-; por ejemplo, me gustaría proponerle un negocio, hacerle una compra...
-Perdón -contesté con rapidez-, no tenemos ya nada para vender: lo último, unos aretes de Paulina...
-Piense usted bien, hay algo que quizás olvida...
Hice como que meditaba un poco. Hubo una pausa que mi benefactor interrumpió con voz extraña:
-Reflexione usted. Mire, allí tiene usted a Daniel Brown. Poco antes de que usted llegara, no tenía nada para vender, y, sin embargo...
Noté, de pronto, que el rostro de aquel hombre se hacía más agudo. La luz roja de un letrero puesto en la pared daba a sus ojos un fulgor extraño, como fuego. Él advirtió mi turbación y dijo con voz clara y distinta:
-A estas alturas, señor mío, resulta por demás una presentación. Estoy completamente a sus órdenes.
Hice instintivamente la señal de la cruz con mi mano derecha, pero sin sacarla del bolsillo. Esto pareció quitar al signo su virtud, porque el diablo, componiendo el nudo de su corbata, dijo con toda calma:
-Aquí, en la cartera, llevo un documento que...
Yo estaba perplejo. Volvía a ver a Paulina de pie en el umbral de la casa, con su traje gracioso y desteñido, en la actitud en que se hallaba cuando salí: el rostro inclinado y sonriente, las manos ocultas en los pequeños bolsillos de su delantal. Pensé que nuestra fortuna estaba en mis manos. Esta noche apenas si teníamos algo para comer. Mañana habría manjares sobre la mesa. Y también vestidos y joyas, y una casa grande y hermosa. ¿El alma?
Mientras me hallaba sumido en tales pensamientos, el diablo había sacado un pliego crujiente y en una de sus manos brillaba una aguja.
"Daría cualquier cosa porque nada te faltara." Esto lo había dicho yo muchas veces a mi mujer. Cualquier cosa. ¿El alma? Ahora estaba frente a mí el que podía hacer efectivas mis palabras. Pero yo seguía meditando. Dudaba. Sentía una especie de vértigo. Bruscamente, me decidí:
-Trato hecho. Sólo pongo una condición.
El diablo, que ya trataba de pinchar mi brazo con su aguja, pareció desconcertado:
-¿Qué condición?
-Me gustaría ver el final de la película -contesté.
-¡Pero qué le importa a usted lo que ocurra a ese imbécil de Daniel Brown! Además, eso es un cuento. Déjelo usted y firme, el documento está en regla, sólo hace falta su firma, aquí sobre esta raya.
La voz del diablo era insinuante, ladina, como un sonido de monedas de oro. Añadió:
-Si usted gusta, puedo hacerle ahora mismo un anticipo.
Parecía un comerciante astuto. Yo repuse con energía:
-Necesito ver el final de la película. Después firmaré.
-¿Me da usted su palabra?
-Sí.
Entramos de nuevo en el salón. Yo no veía en absoluto, pero mi guía supo hallar fácilmente dos asientos.
En la pantalla, es decir, en la vida de Daniel Brown, se había operado un cambio sorprendente, debido a no sé qué misteriosas circunstancias.
Una casa campesina, destartalada y pobre. La mujer de Brown estaba junto al fuego, preparando la comida. Era el crepúsculo y Daniel volvía del campo con la azada al hombro. Sudoroso, fatigado, con su burdo traje lleno de polvo, parecía, sin embargo, dichoso.
Apoyado en la azada, permaneció junto a la puerta. Su mujer se le acercó, sonriendo. Los dos contemplaron el día que se acababa dulcemente, prometiendo la paz y el descanso de la noche. Daniel miró con ternura a su esposa, y recorriendo luego con los ojos la limpia pobreza de la casa, preguntó:
-Pero, ¿no echas tú de menos nuestra pasada riqueza? ¿Es que no te hacen falta todas las cosas que teníamos?
La mujer respondió lentamente:
-Tu alma vale más que todo eso, Daniel...
El rostro del campesino se fue iluminando, su sonrisa parecía extenderse, llenar toda la casa, salir del paisaje. Una música surgió de esa sonrisa y parecía disolver poco a poco las imágenes. Entonces, de la casa dichosa y pobre de Daniel Brown brotaron tres letras blancas que fueron creciendo, creciendo, hasta llenar toda la pantalla.
Sin saber cómo, me hallé de pronto en medio del tumulto que salía de la sala, empujando, atropellando, abriéndome paso con violencia. Alguien me cogió de un brazo y trató de sujetarme. Con gran energía me solté, y pronto salí a la calle.
Era de noche. Me puse a caminar de prisa, cada vez más de prisa, hasta que acabé por echar a correr. No volví la cabeza ni me detuve hasta que llegué a mi casa. Entré lo más tranquilamente que pude y cerré la puerta con cuidado.
Paulina me esperaba.
Echándome los brazos al cuello, me dijo:
-Pareces agitado.
-No, nada, es que...
-¿No te ha gustado la película?
-Sí, pero...
Yo me hallaba turbado. Me llevé las manos a los ojos. Paulina se quedó mirándome, y luego, sin poderse contener, comenzó a reír, a reír alegremente de mí, que deslumbrado y confuso me había quedado sin saber qué decir. En medio de su risa, exclamó con festivo reproche:
-¿Es posible que te hayas dormido?
Estas palabras me tranquilizaron. Me señalaron un rumbo. Como avergonzado, contesté:
-Es verdad, me he dormido.
Y luego, en son de disculpa, añadí:
-Tuve un sueño, y voy a contártelo.
Cuando acabé mi relato, Paulina me dijo que era la mejor película que yo podía haberle contado. Parecía contenta y se rió mucho.
Sin embargo, cuando yo me acostaba, pude ver cómo ella, sigilosamente, trazaba con un poco de ceniza la señal de la cruz sobre el umbral de nuestra casa.
LA OBSCENA DENTELLADA DE LA NOCHE.
El hombre es como el diablo;
que viene, pero no se sabe cuándo.
Refranero popular extremeño.
Vi aquellos signos en la pared y supe que estaban preparando mi muerte. Desde que llegué a esta pequeña aldea rodeaba de verdes bosques sospeché que algo me iba a pasar; no fue sólo la impresión que le daba la noche al pueblo y hacía que se desdibujasen los contornos entre la niebla; ni siquiera las palabras entreoídas al pasar cerca de alguna puerta entornada al volver de mis largos paseos por los alrededores; fue sobre todo el encuentro con restos de ho gueras recientes que yo jamás había visto en la noche pese a acostarme tarde, las extrañas formas circulares que quemaban el suelo, los restos de huesos de pequeños animales los que me pusieron en alerta y me hicieron poco a poco ir prescindiendo de mis largas caminatas antes tan reconfortantes. Se bien que no podía prescindir de la plaza como maestro rural sin crear sospe chas, tampoco podía regresar a mi amado pueblo extremeño de Oliva de la Frontera con las manos vacías y un fracaso como resultado del primer trabajo decente que me había surgido en años; por eso me decidí a esperar, a sospechar de cada uno de mis alumnos, a aprender a ver más allá de aque llas ancianas que paseaban por las calles, siempre enlutadas, con una aparente docilidad fingida y una expresión de un profundo dolor, que se refleja en sus rostros y en sus andares tan lentos como flexibles pese a la edad que parecen arrastrar. Me decidí a esperar, velando cada noche, encerrado en esta húmeda y vieja casona, apenas sin dormir y vigilando siempre el nocturno cielo nublado por ver si conseguía distinguir una luz en el bosque, las huellas de alguna hoguera, algo que me sacara por fin de mis dudas aunque sólo fuera para caer en algo aún más terrorífico que esta espera sin sentido. Por eso, cuando vi aquellos signos en la pared, supe que estaban preparando mi muerte. Fue así de sencillo, una revelación que me liberaba de la angustia anterior; pero que me dejaba aún más confuso y asustado. Estaba claro, no sabía porqué, pero estaba claro. Aquellas señales circulares en una esquina lateral de la casona marcaban un punto de inflexión, el momento esperado por las gentes de la aldea para cumplir uno de los ritos más macabros, el que se produciría aquella noche con mi sangre corriendo. Más tarde supe que estaban preparándome para aquella fecha; que yo era tan sólo el eslabón de una larga cadena, que esa presen cia hostil desde mi llegada a la aldea estaba prevista, que mis sospechas y mi miedo era conocido por todos y que estaban esperando una señal, una fecha concreta para venir en mi busca; y yo, sin saberlo, se la proporcioné con facilidad. Aún con un leve dolor de cabeza y un malestar en la boca del estómago sigo sin tiendo esta angustia, este pavor que me produce escalofríos y distingo claramente de la humedad y el frío de la noche. Una pasto sidad en la boca y un hormigueo constante me hacen tomar consciencia de lo que ha pasado, tengo una terrible sed. Me levanto despacio y apoyo los pies descalzos en el suelo, donde noto una profunda y lejana respiración, como si la tierra conociese mi presencia y me quisiese acompañar, o como si me marcasen un ritmo desde lo más profundo de la tierra que hubiese que seguir prescindiendo de la voluntad. Apoyo los pies descalzos en el suelo y con la certeza de que todo está ya preparado vuelvo a oler el vaso que se encuentra a mi izquierda en la mesilla... aconitina, sin duda. Cómo llegó a la botella de ribeiro casero es algo fácil de entender. Qué pretendían con ello...me llena de una angustia azulada y espesa. Retumba bajo mis pies el suelo como si de un lejano tam tam se tratara mientras contengo mi sed y logro convencerme de que es mejor seguir aquí en pie, de que si me bebo otro vaso de vino podré acabar con todo de una vez y liberarme así de este terror a lo desconocido, de este temblor terrestre que no se bien si es real o si es una secuela más de esta intoxica ción provocada. Guiado por una extraña fuerza interior avanzo por la habitación, tambaleándome como un enfermo recién levantado, con la mente ocupada en descifrar la secreta clave de aquel sonido lejano mientras mis manos se aferran al marco de una puerta, y luego al de otra, y consigo salir a la fría noche lloviznosa que me despeja y me hace sentir la fatalidad de mi destino, pero me hace a la vez comprender que aún tengo tiempo de escapar, que no volverán a por mí hasta que acabe la fiesta nocturna y comience la cere monia como un rito de carne y sangre, de purificación y pecado. Me tambaleo por las callejas de la aldea y busco una salida hacia el bosque que no me conduzca a las hogueras encendidas que, ahora sí, resplandecen en las oscuridad. Entre tropiezos, con arcadas y una terrible sed logro contener mi miedo y avanzo, me caigo, me incorporo y sigo el oscuro sedero que me marcan la noche y el azar. Camino con la desesperación del moribundo y con la certeza del condenado, mien tras un color rojizo se va apoderando del cielo y noto como el suelo tiembla cada vez más cercano bajo mis pies descalzos, ya sangrantes por las piedras y las ramas. El estruendo subterráneo es cada vez mayor; siento como todo me da vueltas, cómo la llamada terrestre se hace cada vez más cercana y sin saber como ni porqué me siento arrastrado por este temblor; como en un baile horrendo y tenebroso al que nos sentimos invitados aunque sepamos que seguirlo significaría nuestra destrucción. Me siento arrastrado e intento escabullirme tras unos matorrales, me arrastro en el barro producido por esta leve llovizna, me acerco a un claro del bosque y mi sangre se detiene al contemplar la visión que muestran mis fatigados ojos entre las hogueras y el humo de olores crueles y sugerentes. Cabriolas en el aire, bocas deformadas en terribles y escalofriantes gritos de gozo y dolor, cuerpos retorcidos que se revuelven y se juntan, se separan, se vuelven a unir en una desesperada y agonizante orgía carnal, labios que muerden y besan, que muerden y escupen, labios carnosos que incitan al sexo y a la más cruel violencia, pechos descubiertos, saltos entre las hogueras, ojos desorbitados, alaridos infernales de pavor y de orgasmo, penes de enormes dimensiones desgarrando profundas y húmedas vaginas, olor a carne podrida y flores de invierno, a hojas caídas y tumefactas y sudor de mujer entre las sábanas, largos cabellos azotados por el viento, lluvia que cae sobre las espaldas arqueadas y las purifica antes de una nueva perdición, sabor dulce de pecado, sabor amargo de fluidos corporales, luz ambarina, roja, negra, luz titilante de hogueras, cuerpos muertos, cuerpos vivos y muertos, cuerpos que viven y mueren, que caen y se levantan, que se yerguen y sucumben entre golpes, azotes y mordiscos, besos y caricias, abrazos desesperados y una confusión caótica de belleza y pasión, griterío incontenible en torno a la figura extática y sublime que se yergue entre todas, rodeada de un fulgor rojo cobalto que hace destacar su imponente cuerpo de diosa entre las deformes presencias a su alrededor, figura que se eleva sobre el suelo y flota dentro de un círculo abrasa dor trazado en el suelo, que mira y no ve, que se superpone a todo y rige todo, que provoca y excita, que aterra y seduce, que pronuncia oscuras palabras en una voz susurrante y lejana que apenas se logra distinguir entre los alaridos y el tremendo sonido de la tierra en movimiento, del suelo que acompaña esta danza macabra y rodea en vibraciones a la esbelta figura central de esta danza -o meu corpo de terra i o meu cansado esprito, expectro dunha paixón morta- que susurra en la lejanía las palabras que llegan hasta mi oído y hacen que se haga de pronto un silencio en torno a mi. Ya sólo escucho las sugerentes palabras para mi pronunciadas y el sordo y profundo latido de la tierra -e o sangue corre- que me rodean y me hacen avanzar en cortos pero decididos pasos entre las figuras que se retuercen, que me hacen avanzar sobre las hogueras y las brasas, sintiendo una dulce quemazón en las desnudas plantas de los pies -matar por no morrer- fijos los ojos en el cuerpo desnudo que flota dentro del círculo y ahora me tiende los brazos. Me aproximo a ese cuerpo moreno y sudoroso, ese cuerpo femenino que me llama entre susurros, que me tiende sus curvas, sus bien formadas caderas, sus pechos duros y esbeltos -ser a mellor muller-, que por fin alcanzo y se entrega mí dentro de este círculo dibujado con fuego en la tierra que nos acompaña con sus cada vez más intensos latidos. El temblor de la tierra me acompaña mientras la poseo. Noto como se retuerce debajo de mí, como -los ojos cerrados- gime de placer bajo mi cuerpo. Me clava sus largas uñas en la espalda y el dolor es grato. Se acerca a mí y me muerde el hombro y mientras mana la sangre el daño es exquisito. Miro nuestras entrepiernas unidas que se mueven al compás del latido del mundo, miro la sangre en su pubis de la virginidad perdida y siento un terrible dolor, insoportable e indescriptible, y estallo en un gemido de terror al mirar sus ojos -por fin abiertos- y ver como me observan esas frías pupilas de fuego, esos ojos encendidos que se burlan de mi terrible sufrimiento. Me aparto de su cuerpo y descubro que las manchas de sangre que provienen se su vagina son mías. Descubro en su vulva, entre el semen y la sangre, unos agudos dientes, unos dientes tan amenazantes como su mirada, unos dientes que ya han logrado su objetivo; y pierdo el conocimiento mientras contemplo aterrado, mientras me desangro, su cuerpo perfecto y su estremecedora mirada coralina que me busca e indaga entre mis sufrimientos, eligiendo a su antojo, de entre mis recuerdos más ocultos, aquel que se apropiará como alimento. Desperté con una blanquecina sensación de angustia y una dolorosa impresión de haber sido apaleado. Mis huesos crujieron durante más de dos semanas y las cicatrices producidas en aquella noche me duraron varios meses. A partir de ese momento me he dejado llevar por la vida, sin responder a ningún otro estímulo externo. No me extrañó levantarme en la cama de la vieja casona y que me atendiesen casi todas las ancianas de la aldea con un cariño antes desconocido, tampoco me sorprendió demasiado seguir recibiendo el sueldo mientras la escuela no funcionaba y yo me dedicaba a vagar por el bosque; el porqué sigo con vida y respiro cada mañana la brisa que viene desde el monte hasta mi habitación no podré saberlo nunca, pero cuando contemplo las pequeñas cicatrices que rodean mi pene me siento vivo y presiento que jamás podré ser tan feliz como lo fui aquella noche que guardo entre mis mas horrendas pesadillas. Ahora sólo vivo con el temor y la esperanza de volver a encontrarme con aquel demonio-hembra de piel suave y morena, ojos indescriptibles y entrañas húmedas y expectantes; aunque esta vez su vaginal mordisco me vacíe por completo y me absorba con ella hasta lo más profundo de su satánica presencia.
LA FIESTA dE DISFRACES.
Aurora era una prima segunda o tercera de mi mamá, Ya estaba en sus setenta, pero no se le notaba porque desbordaba energía. Siempre alegre, siempre jovial, era el alma de cualquier reunión.
Si bien vivía sola, porque no quería molestar, continuamente se preocupaba por hacer felices a todos los que la rodeaban. Ella era la que organizaba fiestas sorpresa para agasajar a sus familiares y amigos. Era la que siempre estaba cuando alguno estaba bajoneado o triste. La que corría a cuidar al primero que se enfermara. Aurora era un comodín o una scout, siempre lista.
Jamás se quejó porque el dinero no le alcanzaba ni porque le dolía la uña o un dedo. Si alguien necesitaba algo, sabía que Aurora no le iba a fallar.
Pero un buen día, Aurora no apareció por casa a la hora de costumbre, un rato más tarde recibimos un llamado del Hospital. Aurora se había descompensado y estaba internada en estado delicado.
Estuvo varios días en terapia intensiva y luego la trasladaron a habitación común. Nos turnábamos para acompañarla en los horarios de visita y para darle de comer, aunque se negaba.
Una mañana, la encontré sentada, muerta de la risa, conversando con no se sabe quién, porque la verdad es que en la habitación no había nadie. Sentí que un frío helado recorría mi cuerpo. Ella mantenía la charla, se reía a carcajadas y yo me desesperaba por no saber que hacer, ya que me ignoraba por completo.
De pronto las luces se apagaron y volvieron a encenderse. Atribuí el desperfecto a una falla eléctrica.
Aunque a mi me causaba una gran inquietud, las enfermeras entraban y salían de la habitación sin darle importancia.
Le pregunté al médico sobre el raro comportamiento de Aurora y contestó que probablemente sería el efecto de la medicación.
Así continuó día tras día, charlando animadamente con sus visitantes imaginarios, hasta que una mañana logré interrumpir la conversación.
Aurora me dijo: - Me están organizando una fiesta de disfraces.
-¿Quiénes? Le pregunté entre tímida y asustada.
-Toda esta gente que vino a verme. !Son tan divertidos!
-¡Toda esa gente!, ¿Qué gente? Si no fuera por esa sensación extraña de estar siendo observada por espíritus que me invadía, podía llegar a pensar que Aurora se había vuelto loca.
-¿Y Cuándo será la fiesta?Le contesté , siguiendo la corriente.
-Espera que les pregunto. ¡Y les preguntó! Se sonrió mientras yo esperaba la respuesta. La situación me producía escalofríos. Eso de estar junto a una persona que conversa mirando fijamente a la pared no me causaba ninguna gracia. Más bien me producía temor.
-El sábado 23 a las seis de la tarde. Están todos invitados. Vos, Inés, ocúpate de la comida. Hace tarjetitas invitando a todos. No te olvides de Porota, a ella siempre le gustaron las fiestas de disfraz.
-No sé si nos van a dejar. Esto es un hospital.
-Dicen que no va a haber problema. Que las organizan todos los días. ¡Ah! Y que vengan todos con sombrero. Es el requisito para entrar.
Yo no entendía nada de nada. No sabía si estaba viviendo un sueño o una pesadilla. Pero, por si acaso, les avisé a todos los conocidos.
Al día siguiente, estaba más animada. La fiesta resultó un estímulo importante en su recuperación. No paraba de hablar, aunque tanto tiempo en el Hospital la había hecho perder la noción del espacio. Pensaba que estaba en su propia casa y me pedía que le alcanzara tal o cual cosa que estaba en tal o cual lugar.
-¿Y vos de que te vas a disfrazar? Le pregunté.
-¡Ah! No lo pensé. Buena pregunta….
-Decídete, porque me va a llevar tiempo conseguir los disfraces.
-¿Qué te parece de Hada? ¿Es muy común?
-No, Está bien. Si te gusta de Hada, serás un Hada. Respondí.
-Trae un sombrero bien puntiagudo. Que le salga bastante tul de la punta y pégale estrellitas brillantes.
-Está bien. Le dije, -Como vos quieras. Estaba dispuesta a darle todos los gustos. Aurora se merecía eso y mucho más.
Cuando salí, en la puerta del Hospital había un grupo de gente disfrazada. Este parece ser un Hospital fuera de lo común. Tenía razón Aurora. Las autoridades no tienen ningún problema ante la organización de este tipo de eventos. Cuando le comenté a la enfermera de turno acerca de la fiesta del sábado me miró sorprendida. Miró a Aurora, me miró a mí. Volvió a mirar a Aurora y dijo: -Yo pensé que estaba mucho mejor. Y agregó: -¿A qué hora?
-A la noche. Alrededor de las ocho. Entonces, hizo una mueca con los labios.
-Justo es mi turno, dijo. Gracias por avisarme, así me preparo para lo peor. Luego se dio media vuelta y se fue.
-¡Qué comentario raro!, ¡Qué mala onda! !Seguro que no le gustan las fiestas! Me dije.
Era obvio que estaba mejor, sino no íbamos a organizar una fiesta.
Puse manos a la obra. Alquilé un disfraz de Hada para Aurora. Personalmente armé el sombrero tal como ella lo quería. Luego, con unas telas viejas improvisé disfraces para toda la familia. No tuve tiempo para cocinar, así que encargué sándwiches y masitas en una confitería.
Nos encontramos todos los amigos, vecinos y familiares en la puerta del Hospital. Cada uno debía traer la bebida que consumía. Subimos tratando de guardar el mayor silencio posible. De pronto recordé que con el apuro de preparar todo y cargar el auto con la comida me había olvidado el disfraz de Aurora en casa, colgado de una percha. Me invadió la desesperación. Ya era la hora. ¿Cómo podía haber olvidado lo más importante?
-¡Un momento! Dije. ¡Me olvidé el disfraz de Aurora!
-Todos me miraron con cara de reproche. ¿Y ahora que hacemos? Dijo mi mamá. -!Yo voy a buscarlo ! Gritó Tomás
Pero ya habían abierto la puerta de la habitación. La cama estaba vacía y no había ninguna enfermera cerca para preguntarle que sucedía.
Parecíamos todos locos. Disfrazados de pollo, de oso, de mendigo, de caperucita, de chapulín colorado, abarrotando los pasillos de un hospital.
De pronto, vimos que la enfermera de turno se acercaba rápidamente. Nos abalanzamos con preguntas. Queríamos saber donde estaba Aurora.
-¿Ya están listos para la fiesta? Preguntó con su proverbial sequedad.
-¡No! Olvidé el disfraz de Aurora. Pero ya mando a alguien a buscarlo.
-La hora señalada ya pasó. Queme el disfraz. Respondió la enfermera sin cambiar la cara. Y agregó: -Aurora sufrió un paro cardíaco, pero va a estar bien. Ya van a ver.
El comentario de la enfermera me hizo pensar que ella sabía mucho más de lo que aparentaba. Y que lo que Aurora veía no era producto de la medicación. Que había algo real que nadie se atrevía a comentar.
Siguiendo el consejo de la enfermera, lo primero que hice al llegar a mi casa fue quemar el disfraz, algo que Aurora jamás me perdonó. Pero no me importó. Intimamente sabía que mi olvido la había salvado de una muerte anunciada.
Al día siguiente Aurora estaba en perfectas condiciones. Pero enojada. Muy enojada conmigo. Decía que le había arruinado la fiesta. Que todos sus amigos habían desaparecido por mi culpa. Que yo era una desconsiderada. Que ella jamás se hubiera olvidado de traer un disfraz.
En pocos días le dieron el alta y volvió fresca como una lechuga a su casa.
Sus amigos invisibles, que tanto la divertían, habían desaparecido por completo.
Tal vez estén organizando otra fiesta de disfraces en otra habitación del hospital.
La reina de las Americas.
Todo comienza en la Republica Dominicana, donde hace ya unos años se reporta la muerte de Natalia Coss, una bella joven, ex-reina de belleza local, a la cual se le conocia popularmente como "la reina del pueblo". Natalia tenia todo lo que cualquier chica podia desear: era bella, vivia bien, y esta comprometida con un jobven y apuesto musico. Luego de una realcion de varios años con este musico, decidieron contraer nupcias, luego del festejo, Natalia y su ahora esposo, viajaban por la autopista de Las Americas, en Republica Dominicana, en direccion al aeropuerto internacional, donde tomarian un avion que los llevaria a su luna de miel. Era una noche un poco lluviosa, y la autopista se encontraba mojada, de repente un auto se atraveso y el joven musico perdio el control del automovil, estrellandose contra uno de los muros de contencion, siendo el fin de la joven pareja, de la cual solo se recupero el cuerpo de la joven, por pedazos.Un mes despues del accidente, empezaron a reportarse testimonios de personas diciendo que cuando llovia, se veia a una joven vestida de novia vagar por la autopista. Varios hombres asuguraron haberla visto, pero no habia pruebas, por lo que el caso se cerro. Semanas despues, un taxista pasaba por la autopista en una noche lluviosa, y vio a la joven a una orilla de la carretera, se detuvo y, luego de hablar con ella, decidio llevarla a su casa. Durante el camino, el taxista y Natalia hablaron de varias cosas, al llegar a la cosa de la joven, estaba lloviendo muy fuerte, por lo que el taxista le facilito un abrigo a la vez que le decia "No te preocupes, vendre mañana por el", despues la joven bajo del auto y entro a la casa. Al dia siguiente, el taxista fue a la casa de la joven a buscar su abrigo, al llegar, llamo a la puerta, abriendo una señora mayor. El taxista pregunto por Natalia, pero la mujer le dijo que ella habia muerto unos meses atras. El taxista incredulo le conto lo que habia pasado la noche anterior; la mujer volvio a explicarle que su hija habia muerto, y que si no lo creia, que fuera al cementerio donde se encontraba la tumba de la joven. El taxista decidio ir con la señora a comprobar lo que esta decia. Al llegar al cementerio, la madre de la difunta joven lo guio hasta la tumba de su hija, encontrando sobre ella el abrigo del hombre doblado, con una nota que decia: "Gracias, me fue muy util".Despues de esto, han realizado multiples investigaciones, pero aun nadie sabe con exactitud que busca la joven reina, tal vez un tiempo mas sobre la Tierra, tal vez a la persona que atraveso su auto esa fatidica noche, o tal vez el cuerpo de su amado.....
UN PACTO CON EL DIABLO.
Aunque me di prisa y llegué al cine corriendo, la película había comenzado. En el salón oscuro traté de encontrar un sitio. Quedé junto a un hombre de aspecto distinguido.
-Perdone usted -le dije-, ¿no podría contarme brevemente lo que ha ocurrido en la pantalla?
-Sí. Daniel Brown, a quien ve usted allí, ha hecho un pacto con el diablo.
-Gracias. Ahora quiero saber las condiciones del pacto: ¿podría explicármelas?
-Con mucho gusto. El diablo se compromete a proporcionar la riqueza a Daniel Brown durante siete años. Naturalmente, a cambio de su alma.
-¿Siete nomás?
-El contrato puede renovarse. No hace mucho, Daniel Brown lo firmó con un poco de sangre.
Yo podía completar con estos datos el argumento de la película. Eran suficientes, pero quise saber algo más. El complaciente desconocido parecía ser hombre de criterio. En tanto que Daniel Brown se embolsaba una buena cantidad de monedas de oro, pregunté:
-En su concepto, ¿quién de los dos se ha comprometido más?
-El diablo.
-¿Cómo es eso? -repliqué sorprendido.
-El alma de Daniel Brown, créame usted, no valía gran cosa en el momento en que la cedió.
-Entonces el diablo...
-Va a salir muy perjudicado en el negocio, porque Daniel se manifiesta muy deseoso de dinero, mírelo usted.
Efectivamente, Brown gastaba el dinero a puñados. Su alma de campesino se desquiciaba. Con ojos de reproche, mi vecino añadió:
-Ya llegarás al séptimo año, ya.
Tuve un estremecimiento. Daniel Brown me inspiraba simpatía. No pude menos de preguntar:
-Usted, perdóneme, ¿no se ha encontrado pobre alguna vez?
El perfil de mi vecino, esfumado en la oscuridad, sonrió débilmente. Apartó los ojos de la pantalla donde ya Daniel Brown comenzaba a sentir remordimientos y dijo sin mirarme:
-Ignoro en qué consiste la pobreza, ¿sabe usted?
-Siendo así...
-En cambio, sé muy bien lo que puede hacerse en siete años de riqueza.
Hice un esfuerzo para comprender lo que serían esos años, y vi la imagen de Paulina, sonriente, con un traje nuevo y rodeada de cosas hermosas. Esta imagen dio origen a otros pensamientos:
-Usted acaba de decirme que el alma de Daniel Brown no valía nada: ¿cómo, pues, el diablo le ha dado tanto?
-El alma de ese pobre muchacho puede mejorar, los remordimientos pueden hacerla crecer -contestó filosóficamente mi vecino, agregando luego con malicia-: entonces el diablo no habrá perdido su tiempo.
-¿Y si Daniel se arrepiente?...
Mi interlocutor pareció disgustado por la piedad que yo manifestaba. Hizo un movimiento como para hablar, pero solamente salió de su boca un pequeño sonido gutural. Yo insistí:
-Porque Daniel Brown podría arrepentirse, y entonces...
-No sería la primera vez que al diablo le salieran mal estas cosas. Algunos se le han ido ya de las manos a pesar del contrato.
-Realmente es muy poco honrado -dije, sin darme cuenta.
-¿Qué dice usted?
-Si el diablo cumple, con mayor razón debe el hombre cumplir -añadí como para explicarme.
-Por ejemplo... -y mi vecino hizo una pausa llena de interés.
-Aquí está Daniel Brown -contesté-. Adora a su mujer. Mire usted la casa que le compró. Por amor ha dado su alma y debe cumplir.
A mi compañero le desconcertaron mucho estas razones.
-Perdóneme -dijo-, hace un instante usted estaba de parte de Daniel.
-Y sigo de su parte. Pero debe cumplir.
-Usted, ¿cumpliría?
No pude responder. En la pantalla, Daniel Brown se hallaba sombrío. La opulencia no bastaba para hacerle olvidar su vida sencilla de campesino. Su casa era grande y lujosa, pero extrañamente triste. A su mujer le sentaban mal las galas y las alhajas. ¡Parecía tan cambiada!
Los años transcurrían veloces y las monedas saltaban rápidas de las manos de Daniel, como antaño la semilla. Pero tras él, en lugar de plantas, crecían tristezas, remordimientos.
Hice un esfuerzo y dije:
-Daniel debe cumplir. Yo también cumpliría. Nada existe peor que la pobreza. Se ha sacrificado por su mujer, lo demás no importa.
-Dice usted bien. Usted comprende porque también tiene mujer, ¿no es cierto?
-Daría cualquier cosa porque nada le faltase a Paulina.
-¿Su alma?
Hablábamos en voz baja. Sin embargo, las personas que nos rodeaban parecían molestas. Varias veces nos habían pedido que calláramos. Mi amigo, que parecía vivamente interesado en la conversación, me dijo:
-¿No quiere usted que salgamos a uno de los pasillos? Podremos ver más tarde la película.
No pude rehusar y salimos. Miré por última vez a la pantalla: Daniel Brown confesaba llorando a su mujer el pacto que había hecho con el diablo.
Yo seguía pensando en Paulina, en la desesperante estrechez en que vivíamos, en la pobreza que ella soportaba dulcemente y que me hacía sufrir mucho más. Decididamente, no comprendía yo a Daniel Brown, que lloraba con los bolsillos repletos.
-Usted, ¿es pobre?
Habíamos atravesado el salón y entrábamos en un angosto pasillo, oscuro y con un leve olor de humedad. Al trasponer la cortina gastada, mi acompañante volvió a preguntarme:
-Usted, ¿es muy pobre?
-En este día -le contesté-, las entradas al cine cuestan más baratas que de ordinario y, sin embargo, si supiera usted qué lucha para decidirme a gastar ese dinero. Paulina se ha empeñado en que viniera; precisamente por discutir con ella llegué tarde al cine.
-Entonces, un hombre que resuelve sus problemas tal como lo hizo Daniel, ¿qué concepto le merece?
-Es cosa de pensarlo. Mis asuntos marchan muy mal. Las personas ya no se cuidan de vestirse. Van de cualquier modo. Reparan sus trajes, los limpian, los arreglan una y otra vez. Paulina misma sabe entenderse muy bien. Hace combinaciones y añadidos, se improvisa trajes; lo cierto es que desde hace mucho tiempo no tiene un vestido nuevo.
-Le prometo hacerme su cliente -dijo mi interlocutor, compadecido-; en esta semana le encargaré un par de trajes.
-Gracias. Tenía razón Paulina al pedirme que viniera al cine; cuando sepa esto va a ponerse contenta.
-Podría hacer algo más por usted -añadió el nuevo cliente-; por ejemplo, me gustaría proponerle un negocio, hacerle una compra...
-Perdón -contesté con rapidez-, no tenemos ya nada para vender: lo último, unos aretes de Paulina...
-Piense usted bien, hay algo que quizás olvida...
Hice como que meditaba un poco. Hubo una pausa que mi benefactor interrumpió con voz extraña:
-Reflexione usted. Mire, allí tiene usted a Daniel Brown. Poco antes de que usted llegara, no tenía nada para vender, y, sin embargo...
Noté, de pronto, que el rostro de aquel hombre se hacía más agudo. La luz roja de un letrero puesto en la pared daba a sus ojos un fulgor extraño, como fuego. Él advirtió mi turbación y dijo con voz clara y distinta:
-A estas alturas, señor mío, resulta por demás una presentación. Estoy completamente a sus órdenes.
Hice instintivamente la señal de la cruz con mi mano derecha, pero sin sacarla del bolsillo. Esto pareció quitar al signo su virtud, porque el diablo, componiendo el nudo de su corbata, dijo con toda calma:
-Aquí, en la cartera, llevo un documento que...
Yo estaba perplejo. Volvía a ver a Paulina de pie en el umbral de la casa, con su traje gracioso y desteñido, en la actitud en que se hallaba cuando salí: el rostro inclinado y sonriente, las manos ocultas en los pequeños bolsillos de su delantal. Pensé que nuestra fortuna estaba en mis manos. Esta noche apenas si teníamos algo para comer. Mañana habría manjares sobre la mesa. Y también vestidos y joyas, y una casa grande y hermosa. ¿El alma?
Mientras me hallaba sumido en tales pensamientos, el diablo había sacado un pliego crujiente y en una de sus manos brillaba una aguja.
"Daría cualquier cosa porque nada te faltara." Esto lo había dicho yo muchas veces a mi mujer. Cualquier cosa. ¿El alma? Ahora estaba frente a mí el que podía hacer efectivas mis palabras. Pero yo seguía meditando. Dudaba. Sentía una especie de vértigo. Bruscamente, me decidí:
-Trato hecho. Sólo pongo una condición.
El diablo, que ya trataba de pinchar mi brazo con su aguja, pareció desconcertado:
-¿Qué condición?
-Me gustaría ver el final de la película -contesté.
-¡Pero qué le importa a usted lo que ocurra a ese imbécil de Daniel Brown! Además, eso es un cuento. Déjelo usted y firme, el documento está en regla, sólo hace falta su firma, aquí sobre esta raya.
La voz del diablo era insinuante, ladina, como un sonido de monedas de oro. Añadió:
-Si usted gusta, puedo hacerle ahora mismo un anticipo.
Parecía un comerciante astuto. Yo repuse con energía:
-Necesito ver el final de la película. Después firmaré.
-¿Me da usted su palabra?
-Sí.
Entramos de nuevo en el salón. Yo no veía en absoluto, pero mi guía supo hallar fácilmente dos asientos.
En la pantalla, es decir, en la vida de Daniel Brown, se había operado un cambio sorprendente, debido a no sé qué misteriosas circunstancias.
Una casa campesina, destartalada y pobre. La mujer de Brown estaba junto al fuego, preparando la comida. Era el crepúsculo y Daniel volvía del campo con la azada al hombro. Sudoroso, fatigado, con su burdo traje lleno de polvo, parecía, sin embargo, dichoso.
Apoyado en la azada, permaneció junto a la puerta. Su mujer se le acercó, sonriendo. Los dos contemplaron el día que se acababa dulcemente, prometiendo la paz y el descanso de la noche. Daniel miró con ternura a su esposa, y recorriendo luego con los ojos la limpia pobreza de la casa, preguntó:
-Pero, ¿no echas tú de menos nuestra pasada riqueza? ¿Es que no te hacen falta todas las cosas que teníamos?
La mujer respondió lentamente:
-Tu alma vale más que todo eso, Daniel...
El rostro del campesino se fue iluminando, su sonrisa parecía extenderse, llenar toda la casa, salir del paisaje. Una música surgió de esa sonrisa y parecía disolver poco a poco las imágenes. Entonces, de la casa dichosa y pobre de Daniel Brown brotaron tres letras blancas que fueron creciendo, creciendo, hasta llenar toda la pantalla.
Sin saber cómo, me hallé de pronto en medio del tumulto que salía de la sala, empujando, atropellando, abriéndome paso con violencia. Alguien me cogió de un brazo y trató de sujetarme. Con gran energía me solté, y pronto salí a la calle.
Era de noche. Me puse a caminar de prisa, cada vez más de prisa, hasta que acabé por echar a correr. No volví la cabeza ni me detuve hasta que llegué a mi casa. Entré lo más tranquilamente que pude y cerré la puerta con cuidado.
Paulina me esperaba.
Echándome los brazos al cuello, me dijo:
-Pareces agitado.
-No, nada, es que...
-¿No te ha gustado la película?
-Sí, pero...
Yo me hallaba turbado. Me llevé las manos a los ojos. Paulina se quedó mirándome, y luego, sin poderse contener, comenzó a reír, a reír alegremente de mí, que deslumbrado y confuso me había quedado sin saber qué decir. En medio de su risa, exclamó con festivo reproche:
-¿Es posible que te hayas dormido?
Estas palabras me tranquilizaron. Me señalaron un rumbo. Como avergonzado, contesté:
-Es verdad, me he dormido.
Y luego, en son de disculpa, añadí:
-Tuve un sueño, y voy a contártelo.
Cuando acabé mi relato, Paulina me dijo que era la mejor película que yo podía haberle contado. Parecía contenta y se rió mucho.
Sin embargo, cuando yo me acostaba, pude ver cómo ella, sigilosamente, trazaba con un poco de ceniza la señal de la cruz sobre el umbral de nuestra casa.
LA OBSCENA DENTELLADA DE LA NOCHE.
El hombre es como el diablo;
que viene, pero no se sabe cuándo.
Refranero popular extremeño.
Vi aquellos signos en la pared y supe que estaban preparando mi muerte. Desde que llegué a esta pequeña aldea rodeaba de verdes bosques sospeché que algo me iba a pasar; no fue sólo la impresión que le daba la noche al pueblo y hacía que se desdibujasen los contornos entre la niebla; ni siquiera las palabras entreoídas al pasar cerca de alguna puerta entornada al volver de mis largos paseos por los alrededores; fue sobre todo el encuentro con restos de ho gueras recientes que yo jamás había visto en la noche pese a acostarme tarde, las extrañas formas circulares que quemaban el suelo, los restos de huesos de pequeños animales los que me pusieron en alerta y me hicieron poco a poco ir prescindiendo de mis largas caminatas antes tan reconfortantes. Se bien que no podía prescindir de la plaza como maestro rural sin crear sospe chas, tampoco podía regresar a mi amado pueblo extremeño de Oliva de la Frontera con las manos vacías y un fracaso como resultado del primer trabajo decente que me había surgido en años; por eso me decidí a esperar, a sospechar de cada uno de mis alumnos, a aprender a ver más allá de aque llas ancianas que paseaban por las calles, siempre enlutadas, con una aparente docilidad fingida y una expresión de un profundo dolor, que se refleja en sus rostros y en sus andares tan lentos como flexibles pese a la edad que parecen arrastrar. Me decidí a esperar, velando cada noche, encerrado en esta húmeda y vieja casona, apenas sin dormir y vigilando siempre el nocturno cielo nublado por ver si conseguía distinguir una luz en el bosque, las huellas de alguna hoguera, algo que me sacara por fin de mis dudas aunque sólo fuera para caer en algo aún más terrorífico que esta espera sin sentido. Por eso, cuando vi aquellos signos en la pared, supe que estaban preparando mi muerte. Fue así de sencillo, una revelación que me liberaba de la angustia anterior; pero que me dejaba aún más confuso y asustado. Estaba claro, no sabía porqué, pero estaba claro. Aquellas señales circulares en una esquina lateral de la casona marcaban un punto de inflexión, el momento esperado por las gentes de la aldea para cumplir uno de los ritos más macabros, el que se produciría aquella noche con mi sangre corriendo. Más tarde supe que estaban preparándome para aquella fecha; que yo era tan sólo el eslabón de una larga cadena, que esa presen cia hostil desde mi llegada a la aldea estaba prevista, que mis sospechas y mi miedo era conocido por todos y que estaban esperando una señal, una fecha concreta para venir en mi busca; y yo, sin saberlo, se la proporcioné con facilidad. Aún con un leve dolor de cabeza y un malestar en la boca del estómago sigo sin tiendo esta angustia, este pavor que me produce escalofríos y distingo claramente de la humedad y el frío de la noche. Una pasto sidad en la boca y un hormigueo constante me hacen tomar consciencia de lo que ha pasado, tengo una terrible sed. Me levanto despacio y apoyo los pies descalzos en el suelo, donde noto una profunda y lejana respiración, como si la tierra conociese mi presencia y me quisiese acompañar, o como si me marcasen un ritmo desde lo más profundo de la tierra que hubiese que seguir prescindiendo de la voluntad. Apoyo los pies descalzos en el suelo y con la certeza de que todo está ya preparado vuelvo a oler el vaso que se encuentra a mi izquierda en la mesilla... aconitina, sin duda. Cómo llegó a la botella de ribeiro casero es algo fácil de entender. Qué pretendían con ello...me llena de una angustia azulada y espesa. Retumba bajo mis pies el suelo como si de un lejano tam tam se tratara mientras contengo mi sed y logro convencerme de que es mejor seguir aquí en pie, de que si me bebo otro vaso de vino podré acabar con todo de una vez y liberarme así de este terror a lo desconocido, de este temblor terrestre que no se bien si es real o si es una secuela más de esta intoxica ción provocada. Guiado por una extraña fuerza interior avanzo por la habitación, tambaleándome como un enfermo recién levantado, con la mente ocupada en descifrar la secreta clave de aquel sonido lejano mientras mis manos se aferran al marco de una puerta, y luego al de otra, y consigo salir a la fría noche lloviznosa que me despeja y me hace sentir la fatalidad de mi destino, pero me hace a la vez comprender que aún tengo tiempo de escapar, que no volverán a por mí hasta que acabe la fiesta nocturna y comience la cere monia como un rito de carne y sangre, de purificación y pecado. Me tambaleo por las callejas de la aldea y busco una salida hacia el bosque que no me conduzca a las hogueras encendidas que, ahora sí, resplandecen en las oscuridad. Entre tropiezos, con arcadas y una terrible sed logro contener mi miedo y avanzo, me caigo, me incorporo y sigo el oscuro sedero que me marcan la noche y el azar. Camino con la desesperación del moribundo y con la certeza del condenado, mien tras un color rojizo se va apoderando del cielo y noto como el suelo tiembla cada vez más cercano bajo mis pies descalzos, ya sangrantes por las piedras y las ramas. El estruendo subterráneo es cada vez mayor; siento como todo me da vueltas, cómo la llamada terrestre se hace cada vez más cercana y sin saber como ni porqué me siento arrastrado por este temblor; como en un baile horrendo y tenebroso al que nos sentimos invitados aunque sepamos que seguirlo significaría nuestra destrucción. Me siento arrastrado e intento escabullirme tras unos matorrales, me arrastro en el barro producido por esta leve llovizna, me acerco a un claro del bosque y mi sangre se detiene al contemplar la visión que muestran mis fatigados ojos entre las hogueras y el humo de olores crueles y sugerentes. Cabriolas en el aire, bocas deformadas en terribles y escalofriantes gritos de gozo y dolor, cuerpos retorcidos que se revuelven y se juntan, se separan, se vuelven a unir en una desesperada y agonizante orgía carnal, labios que muerden y besan, que muerden y escupen, labios carnosos que incitan al sexo y a la más cruel violencia, pechos descubiertos, saltos entre las hogueras, ojos desorbitados, alaridos infernales de pavor y de orgasmo, penes de enormes dimensiones desgarrando profundas y húmedas vaginas, olor a carne podrida y flores de invierno, a hojas caídas y tumefactas y sudor de mujer entre las sábanas, largos cabellos azotados por el viento, lluvia que cae sobre las espaldas arqueadas y las purifica antes de una nueva perdición, sabor dulce de pecado, sabor amargo de fluidos corporales, luz ambarina, roja, negra, luz titilante de hogueras, cuerpos muertos, cuerpos vivos y muertos, cuerpos que viven y mueren, que caen y se levantan, que se yerguen y sucumben entre golpes, azotes y mordiscos, besos y caricias, abrazos desesperados y una confusión caótica de belleza y pasión, griterío incontenible en torno a la figura extática y sublime que se yergue entre todas, rodeada de un fulgor rojo cobalto que hace destacar su imponente cuerpo de diosa entre las deformes presencias a su alrededor, figura que se eleva sobre el suelo y flota dentro de un círculo abrasa dor trazado en el suelo, que mira y no ve, que se superpone a todo y rige todo, que provoca y excita, que aterra y seduce, que pronuncia oscuras palabras en una voz susurrante y lejana que apenas se logra distinguir entre los alaridos y el tremendo sonido de la tierra en movimiento, del suelo que acompaña esta danza macabra y rodea en vibraciones a la esbelta figura central de esta danza -o meu corpo de terra i o meu cansado esprito, expectro dunha paixón morta- que susurra en la lejanía las palabras que llegan hasta mi oído y hacen que se haga de pronto un silencio en torno a mi. Ya sólo escucho las sugerentes palabras para mi pronunciadas y el sordo y profundo latido de la tierra -e o sangue corre- que me rodean y me hacen avanzar en cortos pero decididos pasos entre las figuras que se retuercen, que me hacen avanzar sobre las hogueras y las brasas, sintiendo una dulce quemazón en las desnudas plantas de los pies -matar por no morrer- fijos los ojos en el cuerpo desnudo que flota dentro del círculo y ahora me tiende los brazos. Me aproximo a ese cuerpo moreno y sudoroso, ese cuerpo femenino que me llama entre susurros, que me tiende sus curvas, sus bien formadas caderas, sus pechos duros y esbeltos -ser a mellor muller-, que por fin alcanzo y se entrega mí dentro de este círculo dibujado con fuego en la tierra que nos acompaña con sus cada vez más intensos latidos. El temblor de la tierra me acompaña mientras la poseo. Noto como se retuerce debajo de mí, como -los ojos cerrados- gime de placer bajo mi cuerpo. Me clava sus largas uñas en la espalda y el dolor es grato. Se acerca a mí y me muerde el hombro y mientras mana la sangre el daño es exquisito. Miro nuestras entrepiernas unidas que se mueven al compás del latido del mundo, miro la sangre en su pubis de la virginidad perdida y siento un terrible dolor, insoportable e indescriptible, y estallo en un gemido de terror al mirar sus ojos -por fin abiertos- y ver como me observan esas frías pupilas de fuego, esos ojos encendidos que se burlan de mi terrible sufrimiento. Me aparto de su cuerpo y descubro que las manchas de sangre que provienen se su vagina son mías. Descubro en su vulva, entre el semen y la sangre, unos agudos dientes, unos dientes tan amenazantes como su mirada, unos dientes que ya han logrado su objetivo; y pierdo el conocimiento mientras contemplo aterrado, mientras me desangro, su cuerpo perfecto y su estremecedora mirada coralina que me busca e indaga entre mis sufrimientos, eligiendo a su antojo, de entre mis recuerdos más ocultos, aquel que se apropiará como alimento. Desperté con una blanquecina sensación de angustia y una dolorosa impresión de haber sido apaleado. Mis huesos crujieron durante más de dos semanas y las cicatrices producidas en aquella noche me duraron varios meses. A partir de ese momento me he dejado llevar por la vida, sin responder a ningún otro estímulo externo. No me extrañó levantarme en la cama de la vieja casona y que me atendiesen casi todas las ancianas de la aldea con un cariño antes desconocido, tampoco me sorprendió demasiado seguir recibiendo el sueldo mientras la escuela no funcionaba y yo me dedicaba a vagar por el bosque; el porqué sigo con vida y respiro cada mañana la brisa que viene desde el monte hasta mi habitación no podré saberlo nunca, pero cuando contemplo las pequeñas cicatrices que rodean mi pene me siento vivo y presiento que jamás podré ser tan feliz como lo fui aquella noche que guardo entre mis mas horrendas pesadillas. Ahora sólo vivo con el temor y la esperanza de volver a encontrarme con aquel demonio-hembra de piel suave y morena, ojos indescriptibles y entrañas húmedas y expectantes; aunque esta vez su vaginal mordisco me vacíe por completo y me absorba con ella hasta lo más profundo de su satánica presencia.
LA FIESTA dE DISFRACES.
Aurora era una prima segunda o tercera de mi mamá, Ya estaba en sus setenta, pero no se le notaba porque desbordaba energía. Siempre alegre, siempre jovial, era el alma de cualquier reunión.
Si bien vivía sola, porque no quería molestar, continuamente se preocupaba por hacer felices a todos los que la rodeaban. Ella era la que organizaba fiestas sorpresa para agasajar a sus familiares y amigos. Era la que siempre estaba cuando alguno estaba bajoneado o triste. La que corría a cuidar al primero que se enfermara. Aurora era un comodín o una scout, siempre lista.
Jamás se quejó porque el dinero no le alcanzaba ni porque le dolía la uña o un dedo. Si alguien necesitaba algo, sabía que Aurora no le iba a fallar.
Pero un buen día, Aurora no apareció por casa a la hora de costumbre, un rato más tarde recibimos un llamado del Hospital. Aurora se había descompensado y estaba internada en estado delicado.
Estuvo varios días en terapia intensiva y luego la trasladaron a habitación común. Nos turnábamos para acompañarla en los horarios de visita y para darle de comer, aunque se negaba.
Una mañana, la encontré sentada, muerta de la risa, conversando con no se sabe quién, porque la verdad es que en la habitación no había nadie. Sentí que un frío helado recorría mi cuerpo. Ella mantenía la charla, se reía a carcajadas y yo me desesperaba por no saber que hacer, ya que me ignoraba por completo.
De pronto las luces se apagaron y volvieron a encenderse. Atribuí el desperfecto a una falla eléctrica.
Aunque a mi me causaba una gran inquietud, las enfermeras entraban y salían de la habitación sin darle importancia.
Le pregunté al médico sobre el raro comportamiento de Aurora y contestó que probablemente sería el efecto de la medicación.
Así continuó día tras día, charlando animadamente con sus visitantes imaginarios, hasta que una mañana logré interrumpir la conversación.
Aurora me dijo: - Me están organizando una fiesta de disfraces.
-¿Quiénes? Le pregunté entre tímida y asustada.
-Toda esta gente que vino a verme. !Son tan divertidos!
-¡Toda esa gente!, ¿Qué gente? Si no fuera por esa sensación extraña de estar siendo observada por espíritus que me invadía, podía llegar a pensar que Aurora se había vuelto loca.
-¿Y Cuándo será la fiesta?Le contesté , siguiendo la corriente.
-Espera que les pregunto. ¡Y les preguntó! Se sonrió mientras yo esperaba la respuesta. La situación me producía escalofríos. Eso de estar junto a una persona que conversa mirando fijamente a la pared no me causaba ninguna gracia. Más bien me producía temor.
-El sábado 23 a las seis de la tarde. Están todos invitados. Vos, Inés, ocúpate de la comida. Hace tarjetitas invitando a todos. No te olvides de Porota, a ella siempre le gustaron las fiestas de disfraz.
-No sé si nos van a dejar. Esto es un hospital.
-Dicen que no va a haber problema. Que las organizan todos los días. ¡Ah! Y que vengan todos con sombrero. Es el requisito para entrar.
Yo no entendía nada de nada. No sabía si estaba viviendo un sueño o una pesadilla. Pero, por si acaso, les avisé a todos los conocidos.
Al día siguiente, estaba más animada. La fiesta resultó un estímulo importante en su recuperación. No paraba de hablar, aunque tanto tiempo en el Hospital la había hecho perder la noción del espacio. Pensaba que estaba en su propia casa y me pedía que le alcanzara tal o cual cosa que estaba en tal o cual lugar.
-¿Y vos de que te vas a disfrazar? Le pregunté.
-¡Ah! No lo pensé. Buena pregunta….
-Decídete, porque me va a llevar tiempo conseguir los disfraces.
-¿Qué te parece de Hada? ¿Es muy común?
-No, Está bien. Si te gusta de Hada, serás un Hada. Respondí.
-Trae un sombrero bien puntiagudo. Que le salga bastante tul de la punta y pégale estrellitas brillantes.
-Está bien. Le dije, -Como vos quieras. Estaba dispuesta a darle todos los gustos. Aurora se merecía eso y mucho más.
Cuando salí, en la puerta del Hospital había un grupo de gente disfrazada. Este parece ser un Hospital fuera de lo común. Tenía razón Aurora. Las autoridades no tienen ningún problema ante la organización de este tipo de eventos. Cuando le comenté a la enfermera de turno acerca de la fiesta del sábado me miró sorprendida. Miró a Aurora, me miró a mí. Volvió a mirar a Aurora y dijo: -Yo pensé que estaba mucho mejor. Y agregó: -¿A qué hora?
-A la noche. Alrededor de las ocho. Entonces, hizo una mueca con los labios.
-Justo es mi turno, dijo. Gracias por avisarme, así me preparo para lo peor. Luego se dio media vuelta y se fue.
-¡Qué comentario raro!, ¡Qué mala onda! !Seguro que no le gustan las fiestas! Me dije.
Era obvio que estaba mejor, sino no íbamos a organizar una fiesta.
Puse manos a la obra. Alquilé un disfraz de Hada para Aurora. Personalmente armé el sombrero tal como ella lo quería. Luego, con unas telas viejas improvisé disfraces para toda la familia. No tuve tiempo para cocinar, así que encargué sándwiches y masitas en una confitería.
Nos encontramos todos los amigos, vecinos y familiares en la puerta del Hospital. Cada uno debía traer la bebida que consumía. Subimos tratando de guardar el mayor silencio posible. De pronto recordé que con el apuro de preparar todo y cargar el auto con la comida me había olvidado el disfraz de Aurora en casa, colgado de una percha. Me invadió la desesperación. Ya era la hora. ¿Cómo podía haber olvidado lo más importante?
-¡Un momento! Dije. ¡Me olvidé el disfraz de Aurora!
-Todos me miraron con cara de reproche. ¿Y ahora que hacemos? Dijo mi mamá. -!Yo voy a buscarlo ! Gritó Tomás
Pero ya habían abierto la puerta de la habitación. La cama estaba vacía y no había ninguna enfermera cerca para preguntarle que sucedía.
Parecíamos todos locos. Disfrazados de pollo, de oso, de mendigo, de caperucita, de chapulín colorado, abarrotando los pasillos de un hospital.
De pronto, vimos que la enfermera de turno se acercaba rápidamente. Nos abalanzamos con preguntas. Queríamos saber donde estaba Aurora.
-¿Ya están listos para la fiesta? Preguntó con su proverbial sequedad.
-¡No! Olvidé el disfraz de Aurora. Pero ya mando a alguien a buscarlo.
-La hora señalada ya pasó. Queme el disfraz. Respondió la enfermera sin cambiar la cara. Y agregó: -Aurora sufrió un paro cardíaco, pero va a estar bien. Ya van a ver.
El comentario de la enfermera me hizo pensar que ella sabía mucho más de lo que aparentaba. Y que lo que Aurora veía no era producto de la medicación. Que había algo real que nadie se atrevía a comentar.
Siguiendo el consejo de la enfermera, lo primero que hice al llegar a mi casa fue quemar el disfraz, algo que Aurora jamás me perdonó. Pero no me importó. Intimamente sabía que mi olvido la había salvado de una muerte anunciada.
Al día siguiente Aurora estaba en perfectas condiciones. Pero enojada. Muy enojada conmigo. Decía que le había arruinado la fiesta. Que todos sus amigos habían desaparecido por mi culpa. Que yo era una desconsiderada. Que ella jamás se hubiera olvidado de traer un disfraz.
En pocos días le dieron el alta y volvió fresca como una lechuga a su casa.
Sus amigos invisibles, que tanto la divertían, habían desaparecido por completo.
Tal vez estén organizando otra fiesta de disfraces en otra habitación del hospital.
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